Si pudieran hacerlo al revés…

Publicado el 8 de marzo de 2021

Marian ha hecho las cuentas veinticinco millones de veces. Un 18% menos de salario que el de él deja las cosas muy claras. Fran no quiere volver al trabajo. Sabe que el mayor le necesita a su lado. Que Marian desde el embarazo y el parto de la pequeña tiene menos paciencia, y su mundo particular, desde el espectro autista, se aferra a la presencia de su padre. Fue él quien quiso tener un segundo; ella quien puso los tiempos para no volver a detener su carrera profesional. Pero él gana más que ella, un 18% más. Anoche le escuchó llorar con el biberón de las tres. «Ya lo hago yo, que mañana madrugas», le dijo ella. «No me quites esto también», respondió él sin enfado. «Despiértale con tiempo», le dice Fran a Marian por la mañana como despedida, antes de su beso tembloroso. Ella con la bebé en brazos, él con la americana que ha conseguido no ensuciar de papilla. Ella apoya su espalda en la puerta y cierra los ojos, dentro de casa. Él hace lo mismo al otro lado, en el rellano. «No va a poder», dicen los dos en un susurro pensando en el otro. Una lágrima rueda por sus rostros pensando en sí mismos.

«Todas las señales del universo». Colección Mil Amores

Publicado el 1 de marzo de 2021

Pero mi reto no estaba en la cama. En la cama nos habíamos armonizado desde la primera vez. Como si nuestros cuerpos explicaran sin palabras lo que nuestras gargantas se tragaban una y otra vez por las dudas, por las suposiciones, por respetar los tiempos del otro. Dudas, suposiciones y diferentes tiempos que no se daban en el lenguaje corporal porque su fuerza gravitatoria no me dejaba pensar y sin cerebro no había freno. Y la fuerza gravitatoria estuvo ahí hasta que salimos juntos de la ducha por la mañana. Habíamos dormido un par de horas pero estábamos frescos porque nuestros cuerpos se alimentaban de la energía que generábamos juntos. El reto estaba fuera de su órbita, cuando mis miedos y sospechas se apoderaban de mi racionalidad.

El viejo transistor del abuelo Patricio

Publicado el 13 de febrero de 2021

Patricio siempre ha sido el objetivo de las burlas de su entorno. Empezó muy pronto, en el colegio, y es que su nombre ya no se estilaba cuando él nació pero en su familia siguieron manteniendo la tradición de llamar Patricio a todos los primogénitos. Patricio Hernández Calatayud. Y todos «Patricia, Patricia… », en fin, pronto se acostumbró a las burlas tontas pero esto le cambió el carácter. Se hizo reservado, huraño, tal vez malpensado.

Pasaron los años y en el instituto aún se burlaban más. Y es que el amigo de Bob Esponja es una estrella de mar que se llama Patricio. Y además es ridículamente tonto. Todos le cantaban al pasar «Bob Esponja, Bob Esponja, Bob Esponja ya llegó»… Lo que le faltaba a nuestro Patricio, un adolescente malhumorado y tímido al que no le gustaban un pelo las bromas.

Patricio huía de los compañeros, se reservaba para sí mismo. Incluso en casa estaba empezando a dejar de hablar. Iba todo el día como alma en pena, pegada la oreja a un pequeño transistor que le aislaba de un mundo que no entendía. Sus padres estaban empezando a preocuparse. Llegaron a pensar si llevarlo a terapia de habilidades sociales pero él no quería relacionarse sino que le dejaran en paz.

Empezó a sacar malas notas, y el fracaso todavía hacía de él un niño más inseguro. Lo único que lo relajaba era escuchar ese viejo transistor, de grises metalizados que clareaban en el plástico amarillo y que le había regalado el abuelo Patricio hacía ya muchos años. Siempre llevaba encima esa pequeña radio, un aparato fuera de lugar y de tiempo que escondía en la mochila o llevaba en un bolsillo de la chaqueta o entre la ropa de deporte. Era lo único que le hacía sentirse bien: escuchar voces anónimas que muchas veces expresaban emociones similares a las suyas, sentimientos que él ocultaba y en cambio otros podían compartir.

Buscaba el tacto de la pintura metalizada dejando paso al plástico suave, desgastado, de los minúsculos agujeritos de aquel altavoz que no era ni estéreo, de aquella antena estrecha cuyo final redondo le permitía hacerla girar una y otra vez, hasta que calmaba sus nervios o lograba reconfortarse. Todo daba igual en esos momentos.

Un día desapareció el transistor del abuelo Patricio en el instituto, una racha de muy mala suerte, aunque no fue la suerte quien la hizo desaparecer, sino los burlones de turno que habían visto en ese pequeño aparato, completamente anacrónico, otro punto débil de Patricio, además de su nombre, de ser cada vez más tímido e inseguro y de identificarse con una ridícula estrella de mar. Patricio entró en crisis.

No podía respirar, le faltaba el aire y el corazón le fue cada vez más lento. Cuando llegó la ambulancia estaba casi en parada respiratoria, o al menos eso dijeron en casa los compañeros de Patricio que aquel día todos habían sido amables con él, según contaron.

En el tiempo que estuvo ingresado pasó de la vida a la muerte en varias ocasiones y en uno de esos trasvases volvió a encontrar al abuelo Patricio que le devolvió su pequeño transistor. El abuelo estaba igual que siempre, con su pantalón de pana marrón, su camisa azul que parecía gris y su pajita en la boca. Le hablaba también como si el tiempo no hubiera pasado, «Patricio, hijo, ¿escuchas estas voces? Parece que nos hablan solo a nosotros» y esta vez añadió algo más, unas palabras que no había pronunciado antes de morir y seguro que se quedó con las ganas de hacerlo y por eso había venido ahora a terminar aquella tarea pendiente. «Escucha estas voces, que te hablan a ti, y son sinceras y verdaderas y no escuches las otras, las que hablan de burlas, de reproches, de ironías y malas intenciones. Busca a tu alrededor personas que te hablen así, como las que salen de nuestro viejo transistor».

Y aquel día Patricio pudo respirar, su corazón empezó a funcionar por sí mismo y el pequeño transistor apareció por arte de magia en la mesilla de su habitación en el hospital. Nadie supo cómo había llegado hasta allí. Pensaron en algún chaval del instituto, arrepentido de la fechoría, e incluso hubo quien aseguró que el mismo abuelo Patricio había venido del más allá para devolvérselo a su dueño. Pero lo que sí fue evidente es que esa misma noche nuestro Patricio empezó a dialogar con su madre, con el enfermero, con tres compañeras del instituto que se interesaron por él. Tenía que encontrar a su alrededor las voces sinceras que había aprendido a escuchar en el viejo transistor del abuelo Patricio.

Ausencias

Publicado el 17 de septiembre de 2020

Hace tiempo que no veo a la señora que pide caridad en la puerta del Lidl de mi barrio. La he visto envejecer. Es como una farola, como un establecimiento, como un árbol en el que no reparas porque siempre está, pero el día que lo talan piensas «me falta algo y no sé qué es». Me faltan sus buenos días, su sonrisa agradecida, su amabilidad, le dieras o no, su omnipresencia. Y no sé cuándo he dejado de verla, porque ahora soy yo quien va muy poco a la calle. Esta semana solo un día, y no la vi. Me entristece su ausencia. Espero encontrarla la próxima semana y no tener que preguntarme qué es lo que falta al pasar por el espacio que lleva ocupando tantos años y que ahora encuentro vacío. Porque si triste es el vacío más lo son los augurios que la imaginación de quien no baja mucho a la calle le vaticinan como explicaciones a su ausencia.

Ojalá el próximo miércoles

Publicado el 15 de julio de 2020

Como cada miércoles espera a su nieta. Suele ir a la hora de la merienda y comparten un café de la máquina, de los que no le dejan tomar. Su hijo ha pagado el servicio de peluquería de esa misma mañana para que ella la vea bien guapa. También espera como agua de mayo su visita porque le tiene que contar que la pareja con la que comparte la mesa del comedor se ha divorciado porque hace días que él baja solo a cenar; también que la chica de las toallas cada día está más torpe, y ahora ya no las cambia hasta que han pasado dos semanas por lo menos, será por esa cosa que lleva en la cara y no le deja ver bien si están sucias o no. Está esperándola además para que le corte las uñas, porque últimamente las chicas, que eran tan majas y siempre la trataban tan bien, van de aquí para allá ajetreadas y no le dicen lo guapa que está hoy, y ni mucho menos se van a acordar de sus uñas. No quiere cenar hasta que no vea a su nieta. Aún no ha merendado el café que le da a escondidas. Mientras la arrastran con su silla hasta el comedor cree recordar que la semana pasada tampoco la vio. Entonces lo entiende todo: la culpa es de ese maldito coronavirus del que todo el mundo habla. Bueno, es casi jueves. Ya queda menos para el próximo miércoles.

Conversación con mi madre esta misma mañana:

Publicado el 3 de abril de 2020

Yo: Estoy llevando fenomenal el peso. He perdido un kilo y todo.
Mi madre: Pues no estés tan contenta.
Yo: ¿Por?
Mi madre: Pues porque has cambiado la masa muscular por grasa que pesa menos y abulta más, así que ¡¡no estás más delgada; estás más gorda!!

Mi madre, como siempre, dando ánimos. ¡Mari Cruz tenía razón, la única prueba eficaz es probarse los vaqueros!

Primera semana

Publicado el 23 de marzo de 2020

Las imágenes de aquellas películas de distopías y ciencia ficción se han convertido en realidad. Calles vacías, mascarillas y guantes para hacer la compra. Sospechas sobre el otro. Nadie nos preparó para esto. Décimo día de encierro en casa y las noticias de contagios, de enfermos, de fallecidos no paran de crecer. Un virus, dicen. Una pandemia global que nos deja insignificantes. Es mejor respirar lento, controlar la ira, reprimir la frustración, canalizar la impotencia, ignorar el miedo. El miedo al contagio, el miedo a que enfermen personas queridas, el miedo a que esto dure más de lo previsto, el miedo de los otros, pero sobre todo, el miedo a que esto pase y no hayamos aprendido nada.

«Me quiere, no me quiere»

Publicado el 29 de febrero de 2020

Siete, ocho, nueve, diez… siete, ocho, nueve, diez… Apaga la máquina. Bebe agua. La vuelve a encender. Hace siete meses que Rocío trabaja en el turno de noche de la fábrica de ramos de plástico. Cuenta pétalos de diez y media a siete. Nada más lejos que deshojar margaritas, «me quiere, no me quiere», ante un amor no correspondido. Y, sin embargo, más cerca de lo que ella se imagina de ser una novia que olvidará para siempre los sueños del príncipe azul.

Un pétalo, dos pétalos, tres pétalos, diez. Apaga la máquina. Vuelve a contar los pétalos de la flor que acaba de pasar. Resopla. Se retira el pelo de la cara, su pelo rubio ahora pegado al cuello por el sudor frío. Hace siete meses que Rocío no duerme de noche porque trabaja para el mayor distribuidor de ramos de plástico, pero tampoco duerme de día porque no logra conciliar el sueño.

Siete, ocho, nueve, diez. Son las once de la noche. Solo hace media hora que ha empezado el turno de una noche interminable más. El silencio que las otras tres chicas le dedican se le hace cada vez más insoportable. Sabe  lo que piensan de ella. Va al baño. Se lava la cara ante el espejo que le devuelve su imagen y otra más. Es él. La ha vuelto a seguir hasta el baño. Una noche más. Siete meses después, mientras vuelve a pensar en su reputación, en el silencio de sus compañeras, sin saber todavía que esa será la menor de sus preocupaciones.

Olor a miedo

Publicado el 16 de enero de 2020

Huele a hierro húmedo y caliente. Con algo de sudor, de ácido, de miedo. Yo la quería despierta. Siempre es mejor si están despiertos. Excita. Promete. Pero esta se ha desmayado. No importa. Esperaré. Tengo tiempo. Ahora huele a orines, a heces, a sangre que se seca alrededor de las heridas. Abre un ojo. Se me eriza el vello. Lo vuelve a cerrar. Decepción. Un coche, pasos. Mi víctima grita. Estaba despierta la muy cabrona. No importa. También me pone el juego sucio. Así puedo atarla. Se acercan pasos. Se escucha el revólver. Pobre infeliz. Pensó que sería un héroe rescatando a la chica y no es más que mi segunda víctima de hoy. Huele a sangre, a orines, a miedo. Huele también a mi excitación.

En el recreo

Publicado el 21 de octubre de 2019

Diez y veinticinco de la mañana; los otros niños y niñas estarán recogiendo sus bártulos para ir al recreo. Pero ella no. Ella tiene diez años, en un cuerpo delgado y ligero que su padre utiliza para colarla en los contenedores de basura y recoger a saber qué. Yo no puedo saberlo porque he visto a esa niña por casualidad, desde mi mundo occidental del siglo XXI donde he podido hacer la compra con el dinero que tengo en mi tarjeta, con la ropa que he comprado en un centro comercial y con la estabilidad de mi sociedad democrática. No soy quién para juzgar a un padre que saca a su hija del colegio para tal vez dar de comer a una familia, para ver qué encuentran hoy, para librarla de a saber qué peligros. No puedo juzgar a esa familia aunque me escandalice, aunque me dé pena, aunque son las diez y veinticinco de la mañana y esa niña no está en el recreo con sus compañeras.