Ojalá el próximo miércoles

Publicado el 15 de julio de 2020

Como cada miércoles espera a su nieta. Suele ir a la hora de la merienda y comparten un café de la máquina, de los que no le dejan tomar. Su hijo ha pagado el servicio de peluquería de esa misma mañana para que ella la vea bien guapa. También espera como agua de mayo su visita porque le tiene que contar que la pareja con la que comparte la mesa del comedor se ha divorciado porque hace días que él baja solo a cenar; también que la chica de las toallas cada día está más torpe, y ahora ya no las cambia hasta que han pasado dos semanas por lo menos, será por esa cosa que lleva en la cara y no le deja ver bien si están sucias o no. Está esperándola además para que le corte las uñas, porque últimamente las chicas, que eran tan majas y siempre la trataban tan bien, van de aquí para allá ajetreadas y no le dicen lo guapa que está hoy, y ni mucho menos se van a acordar de sus uñas. No quiere cenar hasta que no vea a su nieta. Aún no ha merendado el café que le da a escondidas. Mientras la arrastran con su silla hasta el comedor cree recordar que la semana pasada tampoco la vio. Entonces lo entiende todo: la culpa es de ese maldito coronavirus del que todo el mundo habla. Bueno, es casi jueves. Ya queda menos para el próximo miércoles.

Conversación con mi madre esta misma mañana:

Publicado el 3 de abril de 2020

Yo: Estoy llevando fenomenal el peso. He perdido un kilo y todo.
Mi madre: Pues no estés tan contenta.
Yo: ¿Por?
Mi madre: Pues porque has cambiado la masa muscular por grasa que pesa menos y abulta más, así que ¡¡no estás más delgada; estás más gorda!!

Mi madre, como siempre, dando ánimos. ¡Mari Cruz tenía razón, la única prueba eficaz es probarse los vaqueros!

Primera semana

Publicado el 23 de marzo de 2020

Las imágenes de aquellas películas de distopías y ciencia ficción se han convertido en realidad. Calles vacías, mascarillas y guantes para hacer la compra. Sospechas sobre el otro. Nadie nos preparó para esto. Décimo día de encierro en casa y las noticias de contagios, de enfermos, de fallecidos no paran de crecer. Un virus, dicen. Una pandemia global que nos deja insignificantes. Es mejor respirar lento, controlar la ira, reprimir la frustración, canalizar la impotencia, ignorar el miedo. El miedo al contagio, el miedo a que enfermen personas queridas, el miedo a que esto dure más de lo previsto, el miedo de los otros, pero sobre todo, el miedo a que esto pase y no hayamos aprendido nada.

«Me quiere, no me quiere»

Publicado el 29 de febrero de 2020

Siete, ocho, nueve, diez… siete, ocho, nueve, diez… Apaga la máquina. Bebe agua. La vuelve a encender. Hace siete meses que Rocío trabaja en el turno de noche de la fábrica de ramos de plástico. Cuenta pétalos de diez y media a siete. Nada más lejos que deshojar margaritas, «me quiere, no me quiere», ante un amor no correspondido. Y, sin embargo, más cerca de lo que ella se imagina de ser una novia que olvidará para siempre los sueños del príncipe azul.

Un pétalo, dos pétalos, tres pétalos, diez. Apaga la máquina. Vuelve a contar los pétalos de la flor que acaba de pasar. Resopla. Se retira el pelo de la cara, su pelo rubio ahora pegado al cuello por el sudor frío. Hace siete meses que Rocío no duerme de noche porque trabaja para el mayor distribuidor de ramos de plástico, pero tampoco duerme de día porque no logra conciliar el sueño.

Siete, ocho, nueve, diez. Son las once de la noche. Solo hace media hora que ha empezado el turno de una noche interminable más. El silencio que las otras tres chicas le dedican se le hace cada vez más insoportable. Sabe  lo que piensan de ella. Va al baño. Se lava la cara ante el espejo que le devuelve su imagen y otra más. Es él. La ha vuelto a seguir hasta el baño. Una noche más. Siete meses después, mientras vuelve a pensar en su reputación, en el silencio de sus compañeras, sin saber todavía que esa será la menor de sus preocupaciones.

Olor a miedo

Publicado el 16 de enero de 2020

Huele a hierro húmedo y caliente. Con algo de sudor, de ácido, de miedo. Yo la quería despierta. Siempre es mejor si están despiertos. Excita. Promete. Pero esta se ha desmayado. No importa. Esperaré. Tengo tiempo. Ahora huele a orines, a heces, a sangre que se seca alrededor de las heridas. Abre un ojo. Se me eriza el vello. Lo vuelve a cerrar. Decepción. Un coche, pasos. Mi víctima grita. Estaba despierta la muy cabrona. No importa. También me pone el juego sucio. Así puedo atarla. Se acercan pasos. Se escucha el revólver. Pobre infeliz. Pensó que sería un héroe rescatando a la chica y no es más que mi segunda víctima de hoy. Huele a sangre, a orines, a miedo. Huele también a mi excitación.

En el recreo

Publicado el 21 de octubre de 2019

Diez y veinticinco de la mañana; los otros niños y niñas estarán recogiendo sus bártulos para ir al recreo. Pero ella no. Ella tiene diez años, en un cuerpo delgado y ligero que su padre utiliza para colarla en los contenedores de basura y recoger a saber qué. Yo no puedo saberlo porque he visto a esa niña por casualidad, desde mi mundo occidental del siglo XXI donde he podido hacer la compra con el dinero que tengo en mi tarjeta, con la ropa que he comprado en un centro comercial y con la estabilidad de mi sociedad democrática. No soy quién para juzgar a un padre que saca a su hija del colegio para tal vez dar de comer a una familia, para ver qué encuentran hoy, para librarla de a saber qué peligros. No puedo juzgar a esa familia aunque me escandalice, aunque me dé pena, aunque son las diez y veinticinco de la mañana y esa niña no está en el recreo con sus compañeras.

Madre

Publicado el 5 de mayo de 2019

Un 4 de julio me convertí en madre. Otro 4 de julio lo corroboré. Un día cualquiera esa madre no se acostó bajando la fiebre y quince años después volvió a hacerlo hablando de amores. Una madre cualquiera que reniega casi todas las tardes, «Deja ya el móvil y ponte a estudiar». Esa madre que recibe un WhatsApp inesperado en medio de la calle, «Te quiero mucho, mami», y sonríe sola pareciendo una loca. Una madre que ha pasado ocho años con las dichosas Mates y que un buen día le dan un 8 en la prueba de acceso a la Universidad. Esa madre que vuelve a renegar por las mañanas, «Levántate ya, que llegas tarde», y le devuelven un beso de leche tras el desayuno. Una madre que a las dos de la mañana recibe otro WhatsApp, «Ven a por mí que no sé volver», y entre sueño y malhumor coge el coche y acaban volviendo las tres dobladas de la risa por su mala orientación y la mujer que habla en el google maps. Esa madre que todos los 4 de julio, entre familia, velas y tartas, recuerda su palabra favorita de todos los días: madre.

Hay que salir

Publicado el 21 de marzo de 2019

El destino se revela inalcanzable una vez más ante sus ojos de niña mimada que madura sin saberlo con desamores y despedidas. Esos brazos que se estiran en un largo relevé para recoger las estrellas del futuro y no acaban alcanzado más que la angustia de ver los astros amados alejarse cada vez más en un firmamento atiborrado de historias que teme vivir. Ciento cincuenta y dos pasos más que tendrá que enfrentar, ciento cincuenta y dos adioses, ciento cincuenta y dos tequieros, ciento cincuenta y dos caídas, ciento cincuenta y dos despertares solitarios amarrándose a ese futuro incierto y a un pasado cargado de algodones que apenas ya calientan porque se hace de día y hay que salir.

Controlando su don

Publicado el 11 de febrero de 2019

Las gafas de Charlie seguían en su mesilla de noche. Él no. Eran las 06:50 y la alarma del despertador ya había sonado tres veces. Sofía decidió que ya era su hora. La cama estaba fría. No había amanecido aún. Sofía temía su don. Estaba empezando a controlarlo pero algunas veces fallaba el control, y algo malo que sin querer había deseado ocurría. Las 07:50. Seguía sin amanecer. Ahora sí que era raro. Desterró aquellas ideas de la cabeza. Tenía que pensar en el caso que estaba llevando en la comisaría. La discusión con Charlie había sido dura, pero bueno, no era la primera vez. Lo superarían. Pero ¿por qué no amanecía? Ella estaba deseando que no llegara el día. No se podía quitar aquella discusión con Charlie. El tema de los cuernos nunca antes había aparecido. Deseó no desear nunca nada. Las gafas de Charlie seguían ahí. Él no.

Un adiós de todos los colores

Publicado el 19 de enero de 2019

La muerte llegó vestida de azul marino aquella mañana de tempestad. El atasco, los niños, el trabajo y la colada se desdibujaron justo cuando sonó el teléfono desde el hospital. «Ya está», dijeron. «Ya descansa», pensó. Se acurrucó en su manta del sofá, aquella manta amarilla que le había acompañado en este último largo invierno; ese amarillo fue borrando poco a poco el azul marino de la tempestad. A él le gustaban los colores fuertes, vivos. Ya se lo había dicho. «Nada de luto en esta casa». Le encantaba la belleza multicolor de un beso de buenosdías, de un desayuno afortunado, de una gominola verde escondida entre las sábanas. «Habrá que decírselo a los niños», pensó. Y mientras pensaba se despistó con el fuego. La quemadura en su piel le volvió a recordar a él. Escocía en rojo, su rojo entusiasmo. Volvió a evocar su sonrisa, la noche anterior, diciéndole adiós. Sonrisa luminosa, de todos los colores.